Pues sí, las últimas entradas junto con ésta forman una tetra(b)logía dedicada a la ambigüedad, en la que me he remitido a usos y mitos del pasado, que es el maestro del presente,
para buscar ejemplos de mejores tiempos para la confusión.

Pues de todos es sabido que durante siglos hombres y mujeres vistieron de forma similar, sin restar ni aumentar la indumentaria un ápice ni de feminidad ni de masculinidad, pues la identidad sexual no se expresaba en tela.
El antepasado del traje masculino tal como lo conocemos hoy en día, aparece generalizado tan sólo tras la Revolución Francesa, influído por el traje utilizado por la aristocracia inglesa, más campestre y práctica que la francesa, más cortesana, que hasta ese momento y desde hacía tiempo, dictaba las normas en cuanto a vestimenta se refiere.
Ya en el Renacimiento el hombre, al menos el adinerado, que es del que ha quedado testimonio, era todo brocados, encajes, satenes, terciopelos, hilos de plata y de oro.

El traje femenino da un giro de 180º durante la Primera Guerra Mundial, por pura necesidad, y adopta las virtudes del masculino: práctico, cómodo, apto para el trabajo.
Chanel fue una de las pioneras: el pantalón, el tweed, el tejido marinero, los impermeables de chófer, etc y triunfó.
Desde entonces la mujer no ha abandonado estas ventajas y siempre que un creador juega con los polos femenino-masculino en sus propuestas es considerado un acierto.

Pero no veo la misma balanza en el caso contrario.
Desde hace años son varios los creadores que juegan con los géneros, con los clichés sexuales, proponiendo prendas femeninas para el hombre, desde Jean Paul Gaultier a la cabeza a Comme des Garçons pasando por Rick Owens, Vivienne Westwood, etc.
Pero en este caso la interpretación de las colecciones no suele ser de hallazgo, no se califican de virtuosas, sino que se destaca su lado anecdótico, provocador, carnavalesco y si acaso de dirigidas al público gay, tradicionalmente más arriesgado en sus costumbres estéticas, aunque en la actualidad está en un momento pendular que se dirige al extremo "cuanto más oso..."

Y aquí es donde me surge el conflicto: en época de leyes de igualdad no hallo un reflejo de estas propuestas en la calle, por lo menos en la mía,
más bien al contrario;
y entonces me pregunto: ¿es por prejuicio? pero entonces no hay tal igualdad, ¿es por comodidad? pero llevar los pantalones por debajo del culo tampoco es cómodo, por ejemplo, y hay prendas del ropero femenino que tienen un aspecto muy confortable, o ¿es para reafirmar exteriormente una identidad sexual que en otros aspectos va diluyendo sus fronteras?

Para ilustrar la entrada he elegido a uno de esos artistas que me gustan, los que se autorretratan: Pierre Molinier, amante de la ambigüedad y la perversión, he puesto alguna de sus fotos menos comprometidas, podéis ver el resto en la red.
Chispúm!